Affaire


    —Es el miedo, el miedo otra vez. Necesito que vengas a reprocharme, ven por favor... Sí; es a mí a quien hay que encerrar, y no al miedo para mantenerlo alejado. Es a mí. No me atengo a las reglas del juego, nunca... Pero tú, ¿no puedes decirme que ya basta, con una voz suave como licor de crema? ¿no puedes decir algo que me deje mal parada, como idiota, zalamera, no salvada? ¡Ah, jamás lo haces!, siempre me dejas hablar y hablar, más tarde gritar y gritar y destrozar las mesas... nunca la loza, con la loza y los cristales no me meto, que son frágiles; es la madera dura lo que me urge derribar. Y no te entiendo. No sé si estás esperando que alcance a decir algo en particular, y si es por eso que jamás me callas, pero tampoco me haces preguntas... No me importa: nunca entenderé nada, ni siquiera que los nísperos son verdes. Lo que quisiera saber es por qué, si a ti también te ebullen los gritos (los he escuchado, dormida sobre tu pecho) ¿por qué dejas que sea siempre yo quien los arroje contra el cielorraso? Tus gritos no son los míos, no son los míos... ¡Quién eres! ¡maldito seas, me desespero al verte oírme sin mirar! Pero si tienes una respuesta, dulcemente empaquetada para mí, no me la des hoy. Nunca me la des, he vivido acostumbrada a que no grites, que no hables, que no tosas. Quédate con tu silbido ahogado de los viernes por la noche, oh muñeco defectuoso: te detesto.

Fuera de cobertura

(escrito en mayo de 2007)


Hay en el barrio una vecina muy peculiar. Su nombre es Sigismunda, y tiene una amiga que se llama Fantabulástica, a quien le gusta mucho la gaseosa de naranja.

Cierto día a Sigismunda se le ocurrió llamar a Fantabulástica para invitarla a tomar el té con masitas (y gaseosa de naranja, por supuesto). Como no conseguía recordar el número de teléfono de su amiga y no tenía dónde buscarlo porque no usaba agenda, optó por confiar en otra persona más ordenada que ella: levantó el tubo y marcó el 110.

—Buenos días, ¿en qué le puedo servir?
—Buenos días. Quisiera el teléfono de la señorita Fantabulástica.
—Fantabulástica... ¿Qué apellido? ¿DNI? ¿Cédula de Identidad? ¿Localidad en que vive? ¿Código postal? ¿Estado civil? ¿Número de CUIT? ¿Partida de nacimiento? ¿Grupo sanguíneo?
—Ehhmmmm...
—Ah, espere, la acabo de encontrar en nuestra base de datos, es la única con ese nombre.
—¡Fantabulástico!
—Ahh, disculpe, entendí que se trataba de una dama. Aguarde un momento, a ver: Fantabulástico... ¿Qué apellido tiene? ¿Su DNI? ¿Cédula de identi...
—¡No, no! Quise decir que es fantástico, que es fabuloso, que haya podido encontrar a mi amiga. Ella es Fantabulástica. ¿Me daría su número?
—Enseguida. Su número... ¿cuál de todos? ¿el de su domicilio particular, el de su domicilio comercial, el de su oficina, de su casa de vacaciones, de su celular, de su beeper con radiollamada, de su palm con conexión telefónica inalámbrica...?
—Cualquiera.
—Bien, le doy el de su domicilio particular, es el único que tenemos registrado. Los otros campos los tenemos para aquellos usuarios que poseen más de un número telefónico, pero no todos los casos son así. Es el 4558-8923.
—Muchas gracias, señorita, es usted muy amable.
—¿Usted dice? Querible, sí que lo soy, pero ¿amable? ¿no cree usted que se encariña demasiado pronto con las personas, como para amarme ya? Ni siquiera me ha visto la cara...
—Oh, no importa, señorita. Le digo que es usted amable, aunque no conozca su cara-cter ni su número de CUIT ni todas esas cosas que usted pregunta con tanto ímpetu. A mí no me interesan en lo más mínimo. Me gusta su registro de voz y por ello la quiero a usted mucho. Que tenga un buen día.
—Lo mismo para usted, ricura. Hasta luego. (La telefonista, cuyo nombre -y grupo sanguíneo- desconocemos, era pariente de Estrafalaria, pero no decía "encanto" sino "ricura", porque no eran gemelas sino primas segundas.)

Sigismunda, muy contenta porque tenía en sus manos (o mejor dicho en su mente, pues no tenía dónde anotarlo) el número de teléfono de Fanta, y porque acababa de tener una conversación amena con una señorita amable, se dispuso a marcar nuevamente los botones del teléfono, esta vez para comunicarse con su antigua amiga. Siguiendo una costumbre de muchos años, bailó una coreografía improvisada al ritmo de la música que componía el conjunto de sonidos de los botones del teléfono. Para su sorpresa, no pudo continuar bailando al ritmo de los tonos de espera de la llamada, porque en lugar de éstos salió a su encuentro una voz parecida a la de la telefonista amable, pero cuyo mensaje no poseía esta cualidad en absoluto:

El número marcado no corresponde a un cliente en servicio. Disculpe las molestias ocasionadas.

Sigi, como ya lo había notado la telefonista, tenía la característica de encariñarse fácilmente con las personas. Sin embargo, no poseía el don del perdón. Es así que decidió no disculpar a la voz en su oído por las molestias ocasionadas.

—¡Ni aunque me lo pidas de rodillas! —le dijo, y colgó sin esperar respuesta alguna.
Se deleitó imaginándose a la dueña de la voz yendo al templo a implorarle a su Dios que fuera misericordioso y disculpara las molestias que había ocasionado a Sigismunda, y al Dios respondiendo, con un eco que resonaba en cada pared del templo: NO.

Acto seguido, volvió a llamar a su nueva amiga para pedirle ayuda.

—Buenos días, ¿en qué le puedo servir?
—Buenos días Amable, yo llamé hace unos minutos para pedir el número de Fantabulástica, ¿me recuerda?
—Claro que la recuerdo, Ricura. Dígame qué necesita.
—Necesito otro de sus números. Su domicilio fue tomado por una mujer muy desagradable. Ella ya no vive ahí.
—¡Oh! No me diga. Pero sabe una cosa... no sé si se acuerda que le dije que su amiga no dejó en nuestra base ningún número más que el particular.
—Eso es una tragedia. Yo necesito comunicarme con ella.
—Veo que tenemos la dirección de e-mail de la señorita. ¿Desea que se la diga para que pueda escribirle?
—No, es que yo no tengo computadora. ¡Qué desesperación...!
—Aguarde un momento, Ricura. Se me presenta una idea: yo le escribiré a su amiga para que me pase el número de celular y luego yo se lo paso a usted.
—¡Muy bien! Es usted Más que Amable...
—Por favor... llame usted en diez minutos.
—Así lo haré. Hasta pronto, Idolatrable.

Esta nueva amiga era un lujo, pensó Sigi. Le costó esperar diez minutos para volver a hablar con ella. Finalmente:

—Buenos días, ¿en qué puedo servirle?
—Hola, hola, habla Sigismunda.
—¿Con qué número desea hablar?
—¡Yo deseo hablar con personas, no con números! Primero, con Idolatrable, y luego, por consecuencia, con Fantabulástica.
—¡Ah, Ricura! ¡Es usted! No sabía que se llamara Sigismunda.
—Mucho gusto.
—Bien, hablé con su amiga. Me dio su número de celular, es el: 155-467-0284.
—Sublime. La llamaré. Gracias, Idi. Es el apócope de Idolatrable, ¿puedo llamarla así?
—Claro, Riqui.
—Prefiero Sigi...
—Bueni, de acuerdi.
—Arrivederci.

Sigismunda marcó el número de Fantabulástica, y escuchó:

El celular solicitado se encuentra apagado o fuera del área de cobertura.

Colgó asustada. La primera de las opciones la indignaba. En el caso de que su amiga tuviera el celular apagado, la imaginó tropezando con un cuis en plena avenida 9 de Julio (como habrán notado, S. tenía la costumbre de vengarse de las personas imaginándolas en situaciones catastróficas). La segunda opción, en cambio, la aterraba. ¿Fuera del área de cobertura? ¿significaba eso que Fantabulástica estaba fuera del sistema? ¿fuera de toda protección, de todo reconocimiento, desprovista del abrigo de los derechos humanos? ¿en otras palabras, marginada? ¡Eso era mucho peor que tropezar con un conejo de Indias en la avenida más ancha del globo terráqueo! ¿Cómo podría Sigi salvar a Fanta?

Sucesos que parecen hacer flotar

en la superficie algo del orden secreto



      L. desde la puerta me mira. Yo, un solo ojo. Lo imagino en calzoncillos porque antes, algo vi (algo: a él en calzoncillos; no sé si antes-recién cuando pispeé la puerta entreabierta de su dormitorio, o si antes-antes, cuando él era bebé).
      Me dice, anacrónico, "Buenas noches", con una especie de dulzura repetida. Le doy un beso mientras la palma de mi mano mantiene el equilibrio de la lente de contacto que me extraje. Ese ejercicio mental del beso cruzado, lo hago yo o se hace solo. "Buenas noches, que duermas bien".
      Ya está nuevamente en su piecita, me responde desde allí y yo siento que su voz viene de aún más lejos. "Ah no, yo te decía buenas noches porque vos te ibas a dormir, yo todavía no". Le explico: "Sí. Pero tengo que desearte que tengas buenas noches cuando sea que te duermas". Mi voz al decir esto es de sopor, de dulzura oculta, una voz de adolescente varón, justo como L., pero con un peinado de mujer victoriana deshecho. Mejor: de dulce abuela que rememora el mimbre de una canasta de un pic-nic de su juventud.
      Y él lanza sin lanzarla una risa con e, que parece significar que comprende por fin, no qué es, sino qué es ser una hermana mayor, donde hermana mayor no es sinónimo de miel tornasolada ni de manta de hilo ni de esfinge ejemplar, sino de:
      Sexo: femenino
      Profesión: velar

donde velar, en contexto fraterno, podría usarse para velar sueños (tal como yo lo he hecho), pero en este caso, es en realidad velar muertos.
      Mirando a través de la cortina del ocaso, son muchísimos. Yacen justo al lado del estanque del idilio. Ni vivos ni enterrados, ni fantasmas agradables o agresivos, ni inspirando respeto. Sólo muertos, justo ahí. Magnolias en masculino, cuerpos sin sexo, máscaras neutras. Todos hechos de arcilla blanca, merengue como perfecto, como manteca blancuzca fresca. Infames y atragantados, sí, pero con el tunelcito que une la nariz con el labio superior, intacto. Ese túnel en u alargada, la zanja. La acequia feliz de un muerto, porque es lo que siempre ha estado allí, sin uso.